miércoles, 12 de junio de 2013

EL MOSQUITO VENGADOR

Iba en el metro y un niño de unos cinco años le preguntó a su padre que si pudiese elegir que animal sería. El padre pensó durante unos instantes y por fin decidió que le gustaría ser un caballo. El niño sonrió esperando que su padre le hiciese la misma pregunta pero el padre continuó callado. Más bien era un burro.


Entonces comencé a pensar en que animal me gustaría ser a mí. Si pudiese elegir una reencarnación posible, si esa posibilidad existiera me gustaría ser… Primero pensé en un perro, una vida de perro, todo el día tumbado a la bartola lamiéndome las pelotas y de vez en cuando me sacarían a pasear, pero después he pensado en esos perros viejos de hocico blanquecino que son arrastrados por las calles, no parece que disfruten mucho con los paseos, más bien parecen obligados a salir, no, un perro no.

Entonces pensé, por supuesto en ser un gato, veo Frida y pienso que esa si que es una buena vida, al igual que el perro se pasa todo el día tumbada al sol de la terraza, mirando los pájaros ir y venir, come latitas de comida gourmet, la acarician constantemente y por supuesto disfruta de las aficiones de sus amos, el cine por ejemplo se tumba en el sofá y puede ver Charada de Cary Grant. Pero no puedo arriesgarme a tener unos dueños que sean aburridos o que nunca estén en casa y que en lugar de ver películas, escuchar música o leer en voz alta, así que desestimé la opción de ser un gato.

La cosa no era sencilla, sin proponérselo el niñito había planteado una pregunta sumamente complicada de responder, una pregunta que requiere un análisis detenido. Eliminé todos los animales domésticos, primero por el peligro de terminar en casa de algún tarugo y segundo por que gran parte de los animales domésticos viven en jaulas y no me gustaría vivir enjaulado. Después desestimé cualquier animal que sea susceptible de ser cazado o criado en masa para alimentar a los humanos, así que nada de ciervos, cerdos, liebres o codornices. Pensé en algún animal exótico, una boa o una pantera, pero tal y como va el mundo pronto estarán extinguidos por la caza desenfrenada o terminaría mis días en un zoológico, eliminados pues.

Salí del metro y seguí caminando, mirando a mi alrededor intentando encontrar la inspiración, ¿Qué animal sería? Maldije al niño una vez más por hacer preguntas tan trascendentales y seguí pensando.

Entonces sin quererlo ni beberlo se me ocurrió. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Sonará extraño pero daré mis explicaciones. Me gustaría ser un mosquito. Pero no un mosquito cualquiera, un mosquito bueno. Es decir un mosquito que elegiría a sus víctimas. Nada de picar indiscriminadamente, nada de esconderme tras un armario y esperar la noche para salir con mi zumbido a picar a un bebé mientras duerme. Sería el vengador de los mosquitos, el azote del mal en forma de mosquito.
Tendría que darme prisa pues parece ser que este animal tan odiado sólo vive un mes eso con suerte si no es presa de algún matamoscas o de algún insecticida.
La premura por una muerte anunciada me haría vivir a lo loco, así que antes de dedicarme a buscar una presa digna de mi justicia viviría al máximo, volaría alto y bajo, rápido entre los árboles, probaría los mejores pasteles de las mejores pastelerías y recorrería los lugares más bonitos de mi ciudad. Cuando ya hubiese vivido trepidantemente me detendría quizá en el lomo de un perro de hocico blanco y charlaría con alguna pulga de los pormenores de nuestras especies y quizá entablaría una fugaz amistad.

Me imagino agazapado sobre una lámpara, en la habitación de esa maestra que me echó del colegio. (La recordaréis, la llamé Madroño) Y esperaría a que la impúdica docente se tumbase en su cama y que se durmiese profundamente, saltaría desde mi escondrijo y volaría tan rápido como la venganza me lo permitiese para posarme suavemente sobre su cara. Y sin compasión, sin prisa pero sin pausa, le picaría los párpados. Lo sé, es cruel, pero a eso he venido, soy un mosquito no me juzguen tan a la ligera. Además, no pueden negarme que el lugar elegido para darle rienda suelta a mi aguijón no es genial, los párpados se le hincharían y enrojecerían. Eso, eso sería una buena lección y no las que daba ella.


Luego con el buen sabor de boca que deja la sangre de una carnicería bien hecha saldría por la ventana y probablemente atiborrado de sangre no podría volar demasiado rápido, ni demasiado alto y me posaría gordo y sanguinolento en la barra de un bar a la espera de que el dueño chino enrollase un periódico y terminase por fin con una corta, apasionada y vengativa vida. 

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